Los libros tienen la capacidad de emocionarnos, hacernos reflexionar y acercarnos a otras realidades. Por eso, queremos recuperar nuestro espacio dedicado a la lectura bajo el nuevo nombre: “Historias que nos unen”. Esta sección, que hasta ahora conocíamos como «Te están llamando, es un libro», inicia una nueva etapa en la que compartiremos reseñas, recomendaciones y lecturas que nos inspiran, de la mano de personas voluntarias de la Librería Social de Fundación Juanjo Torrejón que quieran descubrirnos esos libros que han dejado huella en sus vidas. Para inaugurar este nuevo espacio, compartimos un fragmento de la reseña de una de esas lecturas que merece la pena descubrir de la mano de rraiz, voluntario de la Librería Social.
“Hay libros que cuentan historias, buenas y malas, y hay libros que entran por los sentidos, en los que no se sabe bien cómo hilar un argumento pero que crean fascinación.

“Panza de Burro” de Andrea Abreu es uno de esos libros. Es la vida de una niña que vive en un pueblito al norte de Tenerife, a la sombra del “volcán”, como ella dice, y de cómo de intensa o de bruta es su amistad con otra niña un par de años mayor que ella. Pasean, juegan, comen, hablan, mean, cagan, potan, ríen y lloran (bueno, llorar sólo llora ella). Pero si la combinación de Tenerife con verano suena a paraíso, el pueblo donde ellas viven es más bien una cárcel, como lo puede llegar a ser el barrio de todos los trabajadores del mundo, del que sólo salen para ir a trabajar. Estas niñas no se van a la playa, no tienen quien las lleve y es que, además, su vida es diferente. Ni siquiera han recorrido su pueblo entero, más allá de la cuesta de la Iglesia. Total, ¿pá qué?
El libro casi hay que leerlo en voz alta porque está escrito según se sueltan las palabras, y según se expresan en un pueblo en lo más profundo del monte. Todo está envuelto dentro de una canícula, de la que no se sabe si levantará o echará a llover, pero que no hace una cosa ni otra, sino tapar el cielo, tapar el sol, ocultar el lejano “vulcán” y crear un ambiente gris plomizo donde cielo y mar son del mismo color gris que envuelve a las personas y a los pensamientos. Solo saldrá el sol en la última línea del último capítulo, llevándose un rato esas nubes del color de la panza de burro, aunque no se llevará tan fácilmente la opresión que viene con ellas.
Cada capítulo es un rato que pasan juntas las dos niñas, suben o bajan por la calle, van al centro cultural a decir chorradas, o lo que surja. Son amigas, pero no de ese tipo de amigas que se dicen te quiero y pasean de la mano o se cogen del brazo. No. Una vez lo intentaron y lo tuvieron que dejar. Lo cual no quita para que se den besos de novio cuando alguna (bueno, cuando la mayor) quiere. No es una relación sucia, pero seguramente un poco impúdica. Tan pronto nos explica cómo vomita una cuando come mucho como la otra nos cuenta cómo aguanta las ganas de cagar hasta que le deja un rodete marrón en las bragas, por puro gusto. Son niñas. Trabajan en el súper, hacen la comida, cuidan la casa… pero tienen diez años. Es un libro contado con una frescura y un desparpajo tan brutal que te atrapa como un planeta en su órbita. Un libro original que entra por los sentidos: por la vista, por el tacto, por el oído, por el olfato y hasta por el gusto de la comida canaria. Un libro también sobre lo difícil que es la amistad desde la infancia, muy lejos de ese idílico momento de la vida que pintan de color de rosa. Esta, desde luego, es de color gris, denso, metálico y se pega al cielo del paladar.»
rraiz