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Imaginar el verano sin una lectura se convierte en tarea imposible, máxime con varias olas de calor seguidas. Desde la Librería Social de Fundación Juanjo Torrejón el equipo de voluntariado se dispone no solo a colocar libros en sus estantes y a clasificarlos, sino también a recomendar lecturas que nos inviten a mitigar estos «calores estivales». Lecturas con propósito que maridan muy, pero que muy bien, no solo con el descanso veraniego sino también con nuestros valores. Esta vez, «rraiz» nos trae una recomendación mágica para aterrizar mejor en esta realidad diaria.

«Hacemos mal en haber dejado de creer en las hadas. Coches, ruido, humo, prisa, nos han hecho olvidar el olor de los abedules, el sonido de los pájaros al amanecer, el frío de la madrugada sin calefacción.

Hay quienes, como esta escritora francesa Violane Bérot, deciden dejar un puesto en la oficina, un sueldo fijo y la comida caliente, quizá un poco insípida pero asegurada, por el riesgo de empezar una vida nueva de vuelta al bosque. Comer de lo que se cultiva, criar el propio ganado, recuperar el olor de la lluvia, apoyarse en el sol y la luna para desplegar el día.

Suena bucólico, pero tampoco es fácil. Se hace complicado que los niños lleguen a tiempo a la escuela, cuesta mucho reparar un grifo, es casi imposible citarse con Hacienda. Todo se hace aún más complicado al pretender que sean las normas de la Ciudad las que rijan los destinos de los hombres y las mujeres del campo, de los animales, de las plantas.

¿Qué diríamos si en el pupitre de al lado de nuestros hijos, de nuestras hijas, se sentara un chico gigante, que apenas habla, del que no entendemos los ocultos secretos escondidos en el interior de su mirada? Hemos aprendido a tener miedo, a buscar culpas, a señalar problemas porque preferimos encerrar y castigar todo lo que no comprendemos.

Pero haríamos mejor en no querer apartar a esos diferentes, dejarles libres, darles la oportunidad de que hagan el bien que han venido a derrochar con nosotros, porque quizá esas personas extrañas que no comprendemos bien sean enviados de las hadas. La Naturaleza sabe reconocer a los diferentes, sabe apreciar sus virtudes. El bosque escucha, entiende, acepta, ama. En el bosque viven hadas, les demos la forma que les demos, tengan la voz que tengan, suenen a la música que sea las palabras que pronuncian. En el bosque hay hadas que viven en lugares a los que no podemos llegar pero ellas saben todo lo que pasa en el valle. Saben también lo que algunos hombres les hacen a las niñas, actos sucios, terribles e impronunciables, y las hadas, que saben a quién tienen que cuidar y a quién castigar, toman medidas. Nueve meses después, cuidan con paciencia de los niños que las madres jóvenes no pueden aceptar porque suponen un horror insoportable, con el que no se puede vivir.

Es mejor agachar la cabeza ante ellas en señal de respeto, dirigirse a las hadas con las manos limpias y el corazón dispuesto a recibir su ayuda. Son poderosas y si las dejamos, repartirán la justicia que estamos perdiendo en este mundo de poderosos y súbditos.»

rraiz